Con la misma lógica que la gestión económica del gobierno de Milei se encoge de hombros cuando se la cuestiona por la brutal caída de ingresos, la destrucción de empleos, el cierre de fábricas y la morosidad rampante —alegando que son "asuntos entre privados"—, en política exterior rige el mismo mantra: todo lo que exceda el alineamiento automático con Estados Unidos e Israel queda fuera del interés oficial. En un mundo donde la mayoría de los países trabaja activamente para diversificar y profundizar sus vínculos bilaterales, reducir dependencias críticas, ampliar sus márgenes de maniobra y contrarrestar las crecientes presiones diplomáticas, comerciales y financieras sobre sus decisiones soberanas, para la diplomacia libertaria todo lo que ocurre fuera del eje Washington-Tel Aviv simplemente no existe.
Los ejemplos de este desvarío son innumerables. A la fecha, el gobierno no registra visitas de estado ni misiones comerciales relevantes con Asia, región que explica casi un tercio de nuestro comercio exterior. Hablamos de socios comerciales de primer orden como China, India, Vietnam e Indonesia, entre otros. En el plano regional, y en casi tres años de gobierno, Milei se ausentó en la mitad de las cumbres presidenciales del Mercosur, mientras que su participación en otros ámbitos como la CELAC o el Consenso de Brasilia ha sido prácticamente nula. La insólita crisis diplomática generada con Brasil a fines de julio —con retiro de embajadores y degradación a nivel de encargado de negocios por primera vez en la historia— completa el panorama. El presidente tampoco asistió a la última Cumbre de líderes del G20, celebrada en Sudáfrica, a lo que se suma el rechazo a integrar los BRICS —formalizado el primer día de la gestión libertaria—, el retiro de la Organización Mundial de la Salud, las múltiples y vergonzantes votaciones en Naciones Unidas o el seguidismo a cualquier iniciativa de la administración Trump. Todas, decisiones adoptadas por instrucción del Departamento de Estado.
Estas medidas no ocurren en el vacío. El denominado momento unipolar, que deparó varios años de hegemonía militar, comercial y financiera estadounidense, hoy cede paso a un proceso de transición hegemónica que tiene como trasfondo el desplazamiento del centro de gravedad económica del Atlántico al Pacífico. Este cambio no debe equipararse con un movimiento hacia un sistema internacional intrínsecamente más igualitario: el orden resultante de los cambios en marcha expresará, en rigor, un reajuste de la arquitectura de poder. En ese escenario, como en otros momentos de la historia, un nuevo reparto definirá ganadores y perdedores, hacedores y tomadores de reglas, países soberanos y dependientes. Esa asignación de roles dependerá en gran medida de la lectura geopolítica y la estrategia que asuma cada país, así como de las capacidades materiales efectivas que logre consolidar.
Pero el gobierno libertario ni siquiera se esfuerza por interpretar las dinámicas emergentes y sus consecuencias en clave nacional. Milei parece pensar el mundo como si aún estuviésemos en 1991, en los albores del unipolarismo, y le está haciendo perder a la República Argentina un tiempo demasiado valioso. El caso del comercio exterior es ilustrativo de este enfoque. Los shocks recientes en las cadenas de suministro, producto de los conflictos abiertos en Europa y Asia Occidental, introdujeron como cuestión nodal la seguridad del abastecimiento. Ante ello, varias economías buscan hoy proveedores más confiables para reducir dependencias críticas, lo que abre una oportunidad para nuestros sectores productivos. Pero, con dos tercios de mandato ya cumplidos, la inacción oficial deja a los sectores industriales sin estímulos ni resguardos, mientras renuncia unilateralmente a herramientas de resguardo o mecanismos de compensación, en contraste con los países vecinos.
Los contraejemplos abundan. En los últimos años Lula desplegó una agenda asiática que incluyó visitas de Estado a China, donde suscribió acuerdos bilaterales sobre infraestructura, desarrollo satelital, energías renovables e industria, además de visitas y misiones comerciales a Vietnam, India, Japón y Corea del Sur orientadas a la apertura de mercados agrícolas y a convenios en semiconductores, aviación y tecnología médica. Lo propio hicieron otros mandatarios de la región, de variopintos signos ideológicos, como Daniel Noboa de Ecuador (China, Singapur y Vietnam), Santiago Peña de Paraguay (Taiwán y Filipinas), o el entonces presidente uruguayo Luis Lacalle Pou (China y Japón).
Este aislamiento se profundiza ante otro fenómeno emergente: el avance de la electromovilidad china en el Mercosur. Brasil atrae actualmente USD 20.400 millones en inversiones automotrices para la transición energética, superando en 17 veces los anuncios captados por la Argentina. El riesgo es la obsolescencia estructural: dado que más del 60% de la producción automotriz nacional se exporta a Brasil impulsada por motores de combustión interna, la reconversión eléctrica de nuestro principal socio amenaza con desplomar la demanda externa, condenando al tejido autopartista local a una pérdida sistemática de contratos, empleo calificado e integración industrial.
La dinámica reciente de los corredores de integración constituye otro ejemplo de parálisis. El denominado Corredor Vial Bioceánico, impulsado por Brasil y Paraguay, presenta hoy un grado de avance material y de coordinación financiera significativamente superior al resto de los ejes de integración física sudamericana, con una traza ya consolidada que conecta Mato Grosso do Sul con los puertos del norte de Chile a través del Chaco paraguayo, ingresando a la Argentina por Misión La Paz, en Salta. En paralelo, la Argentina exhibe un doble rezago: por un lado, la persistencia de cuellos de botella y obras pendientes en su propio tramo en Salta y Jujuy; por otro, la consolidación de una traza que, aun atravesando zonas próximas al noreste argentino, no incorpora a Chaco, Formosa, Santiago del Estero, Corrientes ni Misiones en ninguna lógica efectiva de conectividad, configurando una fractura territorial al interior del Norte Grande entre un NOA integrado al eje bioceánico y un NEA desacoplado de las principales rutas hacia el Pacífico.
La Cuestión Malvinas emerge, en igual sentido, como otra faceta de la diplomacia faliida de Milei. La inexistencia de agenda alguna con países de África, el Caribe anglófono, Asia y Medio Oriente, junto a la sistemática adopción de posturas reaccionarias en foros multilaterales en temas de desarrollo, cambio climático, la Cuestión Palestina y hasta la condena del tráfico transatlántico de esclavos, coloca en riesgo constante la obtención de apoyos a la Cuestión Malvinas por parte de los integrantes del Comité de Descolonización. En el mismo sentido aparece la renuncia a promover ante el Consejo del Mercado Común del Mercosur una respuesta regional frente a las actividades de exploración petrolera no autorizada que desarrollan las compañías Navitas y Rockhopper.
Ante la deriva libertaria, la discusión sobre la política exterior que deberá asumir la Argentina después de 2027 tiene que sustanciarse, necesariamente, en cómo recuperar capacidad de decisión en un escenario internacional más fragmentado, incierto y conflictivo. Una clave de ese debate es, sin duda, la necesidad de una política exterior soberana y diversificada. Esta orientación no hace más que retomar la Tercera Posición formulada por Juan Domingo Perón desde mediados del siglo XX, que buscó preservar la autonomía frente a la disputa entre las grandes potencias y afirmar una política exterior guiada por los intereses nacionales.
En ese entendimiento, es claro que América del Sur debe ocupar el primer lugar. La vecindad sudamericana constituye el espacio donde se juegan buena parte de los mercados para los bienes industriales argentinos, la integración energética y la infraestructura que conecta al país con el resto del mundo. La integración regional es, al mismo tiempo, un activo fundamental para ampliar los márgenes de autonomía frente a los desafíos de la transición hegemónica. Una política exterior diversificada comienza, entonces, por reconstruir una política sudamericana activa. Brasil ocupa un lugar central en esa tarea: la relación bilateral requiere recuperar la lógica de una alianza estratégica. Nuestro país deberá, asimismo, volver a utilizar los mecanismos de concertación regional para construir posiciones comunes frente a las actividades británicas y de terceros países en espacios sujetos a la jurisdicción nacional. El Mercosur puede constituir nuevamente el ámbito por antonomasia para discutir instrumentos apropiados frente a actividades no autorizadas en la Plataforma Continental Argentina.
Respecto a Asia, la Argentina necesitará transformar los actuales vínculos comerciales en asociaciones de mayor alcance que permitan, entre otras cuestiones, corregir los desequilibrios existentes. Resulta indispensable apalancarnos en nuestros activos y capacidades para garantizar mejores condiciones de producción, empleo y salario, en lugar de continuar abandonando a su suerte a las industrias nacionales. China, en particular, requiere una recomposición del diálogo político y un relanzamiento del vínculo económico y comercial bajo una perspectiva de beneficio mutuo. Con India, ASEAN y otras economías asiáticas también existe una agenda comercial de gran potencial, que puede acompañarse de una profundización de la cooperación nuclear y espacial, la gestión de minerales críticos, la seguridad alimentaria y la innovación tecnológica.
Una futura política exterior deberá, de igual modo, volver a incorporar la cuestión BRICS a la agenda, acelerar la participación argentina en las actividades de dicho espacio y explorar la adhesión al Nuevo Banco de Desarrollo a efectos de recuperar instrumentos de financiamiento y concertación global. Los otros espacios de coordinación internacional también ameritarán un verdadero reajuste, luego de la nefasta experiencia libertaria, lo cual demandará un esfuerzo singular del cuerpo diplomático.
La relación con Estados Unidos, por supuesto, seguirá siendo relevante para la Argentina, pero exige una revisión de los términos en que se la concibe. Una política exterior soberana no implica impulsar una confrontación gratuita ni desconocer el peso de Washington como socio comercial, inversor y actor financiero de primer orden. Supone, en cambio, reemplazar el alineamiento automático y sin contrapartidas por una relación madura, basada en el respeto mutuo y enmarcada en intereses concretos y mutuamente beneficiosos: acceso a mercados, inversión productiva, cooperación tecnológica y financiamiento, con resultados tangibles para el desarrollo nacional.
Europa también representará un componente relevante de esta multiplicación de socios y alianzas. El acuerdo entre el Mercosur y la UE, en especial, debe permitirnos aprovechar nuevas oportunidades sin dejar de abordar los desafíos que conlleva para la industria nacional. A su vez, la relación birregional puede adquirir mayor alcance si incorpora la cooperación en inteligencia artificial y nuevas tecnologías, soberanía digital, tributación internacional, combate a la elusión fiscal y financiamiento para la transición energética y la transformación industrial. Existe, además, un campo significativo para reconstruir la cooperación científica y tecnológica: las redes de investigadores argentinos radicados en Europa constituyen un activo que puede contribuir a fortalecer proyectos conjuntos y generar condiciones para el retorno de capacidades científicas al país.
Oceanía representa otra región que ofrece un potencial de cooperación considerable y hasta ahora desaprovechado. Australia y Nueva Zelanda no son sólo economías desarrolladas con las que Argentina comparte perfil agroexportador y desafíos climáticos similares, sino también puertas de entrada al Indo-Pacífico, el epicentro económico y geopolítico del siglo XXI.
Finalmente, África demandará un abordaje renovado. La Argentina conserva allí vínculos diplomáticos construidos durante décadas, pero perdió iniciativa frente a la creciente presencia de otros países. El continente africano tendrá un peso político, demográfico y económico cada vez mayor, y ofrece oportunidades para ampliar el comercio argentino y profundizar la cooperación en sectores donde existen intereses convergentes. El Atlántico Sur resulta, además, un espacio particularmente relevante para reconstruir una agenda política con los países africanos ribereños: la cooperación marítima, científica y ambiental puede contribuir a fortalecer una presencia argentina sostenida en un ámbito directamente vinculado con nuestros intereses estratégicos.
La Argentina que emerja luego del ciclo libertario encontrará un sistema internacional desafiante ante el cual la capacidad de diversificar interlocutores constituirá en sí misma un recurso elemental en la tarea para construir un futuro con justicia social, independencia económica y soberanía política. La política exterior en el post-2027, en consecuencia, deberá recuperar ese recurso y utilizarlo para ampliar el margen de maniobra en un mundo que no espera y que, recurrentemente, tiende a simplificar problemáticas complejas como se si tratará, sencillamente, de “elegir entre Washington o Beijing”. Por tal motivo, diversificar no es una consigna: es una condición necesaria para volver a decidir desde los intereses nacionales.
Carlos Bianco. Ministro de Gobierno de la provincia de Buenos Aires
Juan Manuel Padin. Subsecretario de Relaciones Internacionales de la provincia de Buenos Aires
